Carnavales de Venecia (Acto I: El viaje)

By ignatiusreally

Sentados en la cocina devorábamos carne, devorábamos carne el señor rojo, la señora naranja y yo. Nótese que la señora naranja es una fémina y que por lo tanto yo también estoy en la vanguardia de la tolerancia y en primera fila de la lucha por la igualdad.

Después de este pequeño apunte políticosubencional sigamos. Una cocina, dos Erasmus, una visita. De repente, cual pedo que anima un viaje en coche con las ventanillas cerradas, el señor rojo susurró educadamente:

-¿Porqué no vamos hoy a Venecia?

-¿Habrá farra seguro?- preguntó desconfiada la señora naranja.

-Sí, lo han confirmado las hordas rojas que habitan en la casa joven de la Magdalena. – aclaré.

-¿Vamos a pasar la tarde noche? Podemos hacer merienda cena en el tren.- propuso el señor rojo.

-Guatxi piruchi.- comentó con alegría la señora naranja.

Terminamos de comer, fregamos, nos duchamos y nos preparamos en tan solo 30 minutos. No había tiempo para más. Se realizaron las llamadas pertinentes al señor marrón y al señor F. y quedamos en vernos a las 17:00 en la estación de tren para coger el expreso que nos llevaría a la ciudad de los canales que huelen a pedo de perro mojado.

El tren llegó puntual cual gentleman británico. Algo bastante extraño en estas latitudes. Anduvimos hacia delante, anduvimos hacia atrás, recorrimos un vagón., luego otro, y luego otro más para al final sentarnos en el puto mísero suelo. Cada uno de nosotros ocupaba una de esos pequeños asientos abatibles que están en la zona de las puertas de los vagones. Esa mierda de asientos para culitos corazón y en las que un buen culo pollo no entra y rebosa carne por ambos lados. Sí, una mierda de asientos de esos. Además solo había cuatro así que la señora naranja se tuvo que sentar en el suelo. Eso sí, muy digna ella sentada sobre un mantita color heroína.

Pasamos una hora de viaje mirándonos las caras y observando la postura pintoresca del señor F. mientras intentaba dormir con las piernas cruzadas y un rostro angelical. ¡Aiii, Dios, qué bonico es cuando duerme!. Hora y media después estábamos en Verona y debíamos esperar otra hora más para coger el tren que nos llevaría definitivamente a Venecia. Decidimos salir fuera a empezar a echar unos litros que no a hacer botellón (por favor que alguien cree un grupo en faceboom pare desterrar ese nombre del panorama juvenil). Era un buen momento para la merienda cena. Abrí la mochila y me dispuse a preparar unos bocadillos a mis compañeros de viaje con el material que previamente había cogido de casa. Entonces vacío, vació, vació…

-Me caguen mi puta vida y cada furúnculo piloso que lo compone. ¡Corcholis! ¡Carambolas!- grité desesperadamente.

-¿Guots ap bró?- me preguntó el señor rojo.

-Nada, que simplemente nos hemos olvidado la comida en casa.- expuse utilizando la primera persona del plural para intentar ocultar el hecho de que había sido yo el que se la había olvidado.

- No pasa nada. Estamos en Verona (Romea and Juliet) seguro que hay un supermercado cerca. Necesito un voluntario. Aquel valeroso soldado que esté dispuesta a cruzar las líneas enemigas que dé un paso al frente.- gritó el señor rojo asumiendo el papel de coronel.

El señor F., valeroso y enérgico como ninguno, sorprendió a todos con un masculino paso al frente.

-¿Quién le acompaña?- Comentó con dulzura el señor rojo.

Imagen mental. Kri, kri, kri, kri, kri… Un matojo surca el desierto girando sobre sí mismo mientras de fondo se oye: fiuuuhhhhhhh.

-Está bien, lo sortearemos.- aclaró el señor rojo.

Los siguientes 20 minutos los resumo comentando que sorprendentemente me tocó a mí acompañar al señor F. Mochila en mano surcamos los suburbios mas apestosos de la una ciudad del mundo donde se adora un pecho. A pesar de lo hombres que somos y rompiendo tópicos, nos rebajamos y renegando de nuestra sexualidad preguntábamos a los viandantes que nos cruzábamos por la localización de un supermercado. Por cierto, deberían empalar y después cocinar con cientos de mecherillos de los chinos a todos esos subnormales que intentan explicarte donde esta un lugar sin tener ni puta idea de ello solo para quedar bien. ¡Empalamiento ya!.¡Empalamiento ya!. He dicho.

Al final, lo encontramos. 35 euros en comida y vuelta al tren.

Esta vez tampoco cogimos sitios. Como diría alguna que yo sé no fuimos suficientemente jubiletas. Oh, los jubiletas que gran raza. En el tren hasta Venecia, alcohol, guerra, chorradas, alcohol, guerra, visitas al baño, alcohol. Sobre las 9 y media llegamos a Venecia. Menuda peste con la mierda de los canales, era peor que la ría de Bilbao en época Punk.

    En primer plano bolsas del supermercado Sigma. Detrás algunos espontáneos.

En primer plano bolsas del supermercado Sigma. Detrás algunos espontáneos.

Zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz

El señor F. meditando sobre como alcanzar sus objetivos. (a.k.a. durmiendo)

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4 comentarios para “Carnavales de Venecia (Acto I: El viaje)”

  1. señor rosa Dice:

    esque el señor f quando duerme, duerme como ninguno!!!

    y no vamos a habla rde cuando besa…

  2. perogrullo Dice:

    ¿Habrá informe sobre Suecia?

  3. señor rosa Dice:

    aktualiza kojon!

  4. noa Dice:

    ya te digo, actualizaaaaa

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